Tomemos la definición de “Vejez Activa” de la OMS, como el proceso de aprovechamiento y optimización de las oportunidades que favorecen el desarrollo del bienestar físico, social y mental a lo largo de toda la vida, a fin de aumentar la esperanza de vida sana y la calidad de la vida en la edad avanzada.
Hagamos un paralelismo con el automovilismo. Un coche relativamente moderno pude estar en óptimas condiciones según se lo haya cuidado y valorado y otro del mismo año, puede estar en un desguace. Un coche muy antiguo cuidado y manteniendo su esencia, puede valer mucho más que un coche moderno.
Considerando que toda nuestra perspectiva analítica se inscribe en el orden del lenguaje, podríamos distinguir entre la vejez y la antigüedad. Sin lugar a dudas lo viejo se inscribe en el orden de la pérdida de utilidad, aquello que deja de poseer una función útil, más tampoco se inscribe como objeto de deseo, por lo cual su esencia estética no aflora y permanece en la órbita de lo desechable.
Lo antiguo traduce otro perfil, realza la reminiscencia, afloja el valor de construcción y estética arcaica y rememora estructuras que mantienen una línea estéticamente admirable, mantienen su perfil de deseo.
La vejez activa debe reconciliarse con su mayor activo que es la experiencia, pero una experiencia activa que interprete tiempos pasados y presente, devolviendo una construcción analítica de la actualidad, en relación a la etiología de cada proceso.
La sapiofilia debe ser una fuente de valor que el adulto y su entorno deben redimensionar. Podríamos considerar una interesante trilogía agustiniana en el proceso de mantener su condición de activo en el adulto mayor, “la memoria” como el proceso empírico de la experiencia contrastada (valor por excelencia del adulto), “la inteligencia” (si bien se relaciona religiosamente al “hijo”, nada nos dice de forma determinante que el adulto pierda sustancialmente una capacidad analítica productiva y “la voluntad”. Es este el punto determinante en el proceso de “vejez activa”. La sociedad en su intento de negar el pasaje del tiempo le dice al adulto que está cansado, que “debe” descansar, fomenta el letargo intelectual y la pérdida de sus facultades volitivas.
La postura debe focalizarse en devolverle al adulto mayor la confianza de su capacidad productiva intelectual, el valor de su experiencia y la riqueza de generar interpretaciones sobre procesos reminiscentes que fortalezcan y hagan competitiva y participativa su opinión.
- ¿Cómo abordar la educación para el envejecimiento?
Promover la vejez activa desde una realidad individual y productiva, debe incorporarse desde antes de sentirse dentro de un gueto.
Hay que cambiar en el adulto esa autovisión de objeto de desecho por un factor productivo que tenga por objeto mantener su vitalidad y por tanto su salud tanto desde el plano físico como síquico.
Pero también deben fomentarse cambios sociales. La sociedad debe reeducarse en evitar esa discriminación, con la mismas o mayor determinación que proponga, defender grupos sociales pasibles de discriminación.
La educación para el envejecimiento debe tomarse como un constructo integral, desde lo convencional inicial, hasta la concepción profunda de las fortalezas del anciano. Cada sujeto es un mundo de experiencias, y fortalecer su mayor fortaleza debe integrarse a la autoconfianza del anciano.
Desde el punto de vista práctico, deben fortalecerse grupos de investigación y desarrollo de políticas activas, de organismos internacionales como la OMS, a los efectos de interferir en políticas globales. Dichos lineamientos deben tener un efecto de cambio profundo, saliéndose de cualquier aspecto proselitista, para transformarse en una construcción de interés general.