Clínica Psicoanalítica del Adolescente

El psiquismo debe entenderse como un sistema abierto, con una actitud analítica guiada por las conceptualizaciones del pensamiento, desde la complejidad que considera lo uno y lo múltiple, donde siempre estarán presente la paradoja, la incertidumbre, el azar, conceptos muy necesarios durante la elaboración de la pretensión de la omnipotencia y omnisciencia del adolescente, pues nada es unívoco ni definitivo, hay situaciones que no tienen solución, que no todo está garantizado y que no todo es  previsible. En consecuencia, no sólo el analista no puede permanecer en una objetividad pantalla, sino que no hay análisis si no hay vínculo.

Aryan cita de forma efectiva una distinción del Diccionario de Laplache, sobre que “la neutralidad no alude a la persona real del analista, sino a su función”.

Marca un paralelismo semejante a M. Klein respecto a que la diferencia entre el análisis de niños y el del adulto es puramente de técnica y no de principios, y que la única diferencia reside en que adaptamos sus procedimientos a la meta del niño.

            Desde la óptica psicoanalítica considera que el estado mental del adolescente es de confusión de las categorías témporo-espaciales que no le permite organizar el posicionamiento de sí mismo y del otro.

            En la relación del adolescente en su grupo de pares, es que comenzará a elaborar los diferentes roles, como liderazgo, amigo íntimo, oposicionista, sumiso, marginal, asumiendo algunos y delegando otros, como también comenzará sus procesos de identificación sexual.

            En todos estos procesos el analista tendrá una función intersubjetiva, considerando los diversos estados subjetivos de los adolescentes. Hay una fantasía que tiene el analizado de su analista y viceversa y una interpretación que el propio encuentro analítico provoca, siendo el analista quien tiene que administrar esa relación.

            Por tanto el analista deberá estar dispuesto a escuchar desde la primera entrevista a su paciente adolescente y su relación con su inconsciente, como también trabajar, conjeturar y eventualmente operar con las tramas vinculares. No solo deberá interpretar esos vínculos de causalidad entre una experiencia pasada y la experiencia transferencial, sino que deberá tener que crear un especio de figurabilidad para lo nuevo, tanto físico como somático que comienza a surgir en esta etapa del desarrollo.

            Es de importante utilidad, en el caso de púberes muy inhibidos, o de adolescentes de vida turbulenta y accidentada, la propuesta de diálogo, conjeturas y confrontaciones. Acompañar al paciente no es solo con el pensamiento y el afecto, que van juntos, sino que se acompaña también con el cuerpo erógeno del analista.

            Se debe considerar la posición de Aryan como una consideración del psicoanálisis en una posición sensiblemente más comprometida que el analista pantalla.

Si pensamos el psicoanálisis como esencialmente clínica, debemos considerar que su función no es simplemente recordar, sino olvidar, traer aquellos objetos de deseo, la falta que determina la angustia, para representarla, liberarla y superarla. En el caso del adolescente y tras la ruptura de la pseudo-adultez de la etapa de latencia, deberá sentir en la figura del analista ese espacio de “andamiaje”, rol de guía en la figura del analista, como expresado en el concepto puro de Vigotsky. El compromiso y manejo correcto de la contratransferencia, permitirá empatizar el proceso y generar un espacio de transferencia e interpretación, tanto del analista como del adolescente, que le permita comprender, controlar y elaborar su realidad psíquica, tanto anterior como la que se encuentra en proceso de construcción.